jueves, 18 de marzo de 2010

Los gatos de Lorca...



La fachada de la casa permanecía tal y como aparecía en las antiguas fotografías tantas veces visionadas. Sólo que ahora, de cerca, parecía más pequeña y entrañable a pesar de tener un piso superior cuyo sencillo balcón venía a quedar por encima de la puerta de entrada. Mientras hacíamos tiempo para que quien nos tenía que mostrar su interior llegase, nos entretuvimos caminando por lo que ahora era tan sólo un simulacro de huerto cuyos surcos apelmazados y estériles, de barro seco, carecían de otra finalidad y mantenimiento que el de aparentar lo que una vez fue el huerto de la casa.

Nada más entrar fue como si un latigazo en mi memoria me trasladara a mi infancia. Era como volver un poco a la casa de mi abuela. Tantos eran los detalles.

-La casa está exactamente como la dejó la familia después de los acontecimientos y antes de exiliarse en América –aclaraba la guía para ilustrarnos.

Mientras algunas de las personas que coincidieron en la visita con nosotros preguntaban sobre este u otro asunto, sobre detalles conocidos entorno al poeta y su familia, y que como un lejano bisbiseo me llegaba de forma ininteligible, toda mi atención se recreaba por cada uno de los detalles y rincones de cada estancia de la casa. Las losetas de suelo hidráulico conformando los estilizados dibujos geométricos que se mostraban. Los cables de la instalación eléctrica, a la vista, forrados con tejido aislante y trenzados, que comenzaban su andadura por la pared desde un interruptor de porcelana blanca, al que había que pellizcar girándolo para su encendido, hasta alcanzar rudimentarias bombillas terminadas en sencillas tulipas de cristal que pendían del techo. La cal de las paredes. Las escaleras al piso superior revestidas como el suelo y en cuya intersección de losetas un perfil de madera añeja y seca conformaba la esquina de cada escalón. Los detalles de la cocina. Los fuegos de carbón con abanador para atizar las llamas. La habitación de Federico, parca y escueta con una cama de latón a un lateral pegada.

-Todo está exactamente como lo dejó la familia. Nada se ha modificado desde entonces por expreso deseo de sus herederos -repetía una vez más la guía.

Cuando salimos de la casa de la Huerta de San Vicente, pareciera que abandonábamos un santuario. Casi en silencio. Sorprendidos aún de la sensación de haber vuelto como de setenta años atrás, a mi pensamiento llegaban las palabras con las que se jactó uno de sus matarifes días después de su asesinato: “Al maricón, además, le he metido un tiro por el culo...”

Caminamos degustando los senderos entre árboles frutales y setos de lo que ahora, alrededor de la emblemática casa, constituía un parque público que la albergaba y al que habían denominado con el nombre del poeta. El suelo aparecía repleto de caquis rojo anaranjados, reventados, que habían caído por su propio peso y madurez.

-¿Dónde están mis amigos? -Oímos pronunciar a nuestra espalda en voz alta mientras tratábamos de sortearlas sin pisar el manchado suelo.

Al volvernos, vimos a un hombre mayor caminando con un saco al hombro que depositó en el suelo una vez que se paró.

Y como si de unas palabras mágicas se trataran, desde los múltiples y frondosos setos que delimitaban con sus dibujadas formas las distintas zonas del parque, cientos de gatos de todos los colores posibles y combinaciones imaginables hicieron acto de presencia en una especie de visto y no visto. Los había de todos los tamaños. Y rodearon sin pudor ni temor alguno a su conocido benefactor, que agachándose, introducía su brazo derecho mientras sujetaba con el otro el extremo abierto del saco para lanzarles las viandas tan acostumbradas como esperadas.

Tan sorprendente como inesperado espectáculo felino-multitudinario nos hizo olvidar por un momento el lugar en el que estábamos. Siendo un momento ciertamente extraño.

Tan extraño como lo es este país nuestro que permite que los restos de uno de sus poetas más emblemáticos -y probablemente más traducido de nuestra literatura- sigan enterrados en una cuneta como los de tantos ajusticiados en la oscura noche del franquismo, en tanto en cuanto, para mayor vergüenza e incomprensión, el dictador duerme su sueño eterno en el faraónico panteón que se hizo construir y en el que, aún hoy, le rinden honores sus seguidores. ¿Alguien puede entenderlo?


©narbona

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1 comentarios:

A las 17 de agosto de 2010, 14:10 , Blogger chavela ha dicho...

De tu mano, una vez más, pude ver la casa de verano de la Huerta de San vicente, tanto en esa casa como en la casa natal, tengo siempre una extraña sensación, que no sabría explicar.
A pesar de que sus restos no aparecieran en Alfacar ( hoy se hacía una lectura allí); aquí en su pueblo, a nadie pareció extrañar (?). Esto ayuda a que mi imaginación vuele alrededor de tanto misterio a cerca del asesinato y enterramiento del poeta.
Sin comentario al mausoleo del dictador, para no alargarme sólo decirte que pienso lo mismo que tú.

"Tus gatos de Lorca" es una delicia, una vez más consigues mantenrme en vilo hasta el final e incluso un ratito después. Me ha gustado. Mucho :)

 

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