lunes 9 de enero de 2012

Tu olor...



fotografo: LEVON



Te huelo porque te huelo.
Te huelo pa que me entres.


Te toco para creerlo.
Si sueño... o si desvarío


Te escucho para aplacarme.
Te hablo para calmarte.


Susurros que permanecen,
no importa lo que digamos.


Me salgo de mi camisa.
Me bajo de mis zapatos.


Tu piel... Mi piel...
Las pieles después de tanto...


Te abrazo pa que no escapes.
Te envuelvo para tenerte.


Me bajo para saberte.
Me elevo para mirarte.


Me gusta aspirar tu cuello,
mi olfato lo reconoce.


Tu olor de siempre.
Tu olor…


Y te huelo porque me gusta.
Y te huelo pa que te quedes.


Pa que te quedes, sí...
Pa que te quedes.


©narbona


lunes 3 de octubre de 2011

Para siempre...



Photo: Lomonosov Katerina





Hay silencios sonoros. Tanto, que permiten a quien está al otro lado de la línea ver lo que sus ojos no alcanzan. Blanca no quería que nadie percibiese a estas alturas como unas tenues lágrimas resbalaban por sus mejillas. Ni siquiera Juanita, su mejor amiga. -Ha muerto a mediodía. –le acababa de decir ésta nada más descolgar el teléfono.
Y eso, a pesar de que era la única persona que mejor la conocía y que durante los últimos cincuenta años, medio siglo ya, la había tenido informada de cuanto acontecía de relevancia en la vida de Andrés, del que sabía todos sus pasos, no sólo por compartir la misma ciudad que él, sino porque como pariente y paisana suya, mantenían un tan permanente como discreto contacto. Por ella fue que Blanca conoció por último la muerte e incineración de la mujer de Andrés. -Dicen que lo van a enterrar ahí. El lo quería así. –continuó diciendo Juanita.
- Ya descansó –indicó Blanca recomponiéndose. Ahora, llama a tu hermano para que cuanto antes hable con el concejal. Y... muévete rápido, ¿entendido? –le apremió.
-¿Estás segura? –le oyó decir.
-Si. Te he pedido pocas cosas a lo largo de mi vida. Pero... no me falles en esta –contestó Blanca con firmeza.





Habían quedado en Zen, por sugerencia de ella. Era una cafetería recién abierta. Decorada de forma minimalista y con toques orientales, su ambiente le resultaba raramente agradable. Sobre todo porque apenas había gente. Predominaba la claridad y los tonos blancos, y la música era tan tenue que se podía mantener una conversación sin esfuerzo. Aunque Pablo la había telefoneado para comentarle el fallecimiento de su tío -no sólo por deferencia hacía ella, sino por la complicidad que ambos mantenían por el asunto-, Sara, sorprendida en plena reunión, le propuso que le llamaría cuando quedase libre. Cosa que ocurriría con toda seguridad tras el almuerzo de trabajo que no podía eludir.
Se conocieron por azar. Por una de esas conexiones propias del mundo laboral. De eso hacía algunos años ya. Y al decir ella que vivía con su madre y con la hermana mayor de ésta, soltera, con sólo pronunciar el nombre de Blanca, él la asoció inmediatamente al de una persona que era muy querida para su madre. Conforme ahondaron en el asunto, comprobaron, para goce y sorpresa de ambos, que se trataba de la misma identidad. Fue por su madre como él se enteró de que el tío Andrés, estando prometido seriamente con Blanca, ingresó en el Ejército. A principios de los cincuenta. Tuvo que partir. En uno de sus permisos se presentó diciendo que se casaba con otra chica a la que recientemente había conocido allí donde estaba. No había vuelta de hoja. Y así lo hizo.Al margen del efecto que el asunto obviamente supuso para Blanca, la madre de Pablo, especialmente, y su entorno próximo quedaron consternados por el asunto. Puesto que aquélla hacía largo tiempo ya que era realmente miembro de hecho de la familia. Para su madre, Blanca era la hermana que nunca tuvo y siempre había querido tener. Finalmente, cuando Blanca y su familia dejaron la casa y se mudaron de barrio, se perdió toda relación. Porque las ciudades pequeñas, contra lo que pueda parecer, no por el mero hecho de serlo, favorecen que las personas se vean con más facilidad. Compartiendo el espacio común, los caminos pueden no llegar a encontrarse jamás. Puede parecer extraño, pero así es. Nunca más se volvieron a ver. Excepto aquella vez. Al cabo de tantos años. En que estando ya su madre mal -y sin habla por el efecto de una congestión cerebral-, contemplando el paso de la procesión de la patrona de la ciudad desde el balcón, ésta la vio reconociéndola en seguida. No sabiendo si reír o llorar, su madre, sentada, le hacía señas a Pablo para que mirase a la mujer de cabello blanco que -acompañada del brazo de otras- seguían el cortejo sin dejar de saludar también hacia arriba. Era la primera vez que Pablo la veía. Y al mirarla comprendió que ella también era consciente de que aún se sabía querida en la que hubiese podido ser su familia. Casi pudo percibir la humedad en sus ojos de agradecido reconocimiento.





Sara llegó puntualmente. Después de pedirle un cortado para ella, y tras acomodarse y dejar su bolso colgando del respaldo de uno de los asientos, él le comentó los detalles de la hospitalización del tío y finalmente su fallecimiento.
-¿Cómo está Blanca? –le preguntó Pablo al terminar.
-Está por último muy achacosa. Pero con una lucidez mental increíble para sus 79 años –le respondió ésta.
Las escasas veces que coincidían -siempre con prisas- en algún sitio, él le preguntaba por la salud de Blanca, fundamentalmente. Pero nunca habían entrado en detalles de hablar de ella más profusamente. En esta ocasión, con Sara frente a él, Pablo vio la oportunidad que siempre quiso tener para plantear lo que le rondaba en su cabeza desde que tuvo conocimiento de la historia.
-¿En ningún momento intentó rehacer su vida nuevamente? –le preguntó directamente.
Sara, con la mirada perdida en los entresijos de su memoria, y mientras sorbía el resto de su café casi frío ya, le indicó que aunque ella nunca había hablado de eso con su tía, su madre le contó que una vez en que estaban juntos un reducido núcleo de personas -entre familia y amigos-, por no recordaba muy bien qué celebración, alguien brindó para que Blanca “encontrara un hombre bueno que la hiciera feliz”. Ya sabes, el estereotipo de la época. A lo que ella, devolviendo la copa a la mesa para evitar tal brindis, aclaró:-“Os voy a decir una cosa y será la última vez que lo haga: con Andrés he tocado el cielo. Y cuando se toca el cielo.... nada, absolutamente nada de lo que venga detrás dejará de ser sino un pálido reflejo de aquello que fue y que se pretenda emular. El amor, cuando se prueba de verdad, es insustituible. Es. . . Para siempre.”





Amanecía. Fue el jolgorio que los pájaros lo que la sacó del duerme velas en el que había caído finalmente rendida. En el reloj: las 6:30. Miró a través de los cristales apartando un poco los visillos. Las hojas del enorme ficus que se divisaba desde el ventanal de su cuarto comenzaban a moverse. Y no era precisamente por el viento. Se levanto del sillón de orejeras desde el que contemplaba habitualmente la calle, resguardando sus piernas bajo la nagüilla de la pequeña mesa de camilla situada en esa parte de su dormitorio. No se había acostado. Consideraba que no debía hacerlo. Además a su edad dormía más bien poco ya.
Se acercó hasta la cómoda. Buscó entre las prendas -de un ajuar que nunca llegó a usarse-, un frasco de colonia masculina de una marca tan añeja que no se podía encontrar ya. Y que tampoco llegó a podérsela entregar a su destinatario a causa de los acontecimientos. Lo destapó como había hecho tantas veces y aspiró su perfume una vez más. Era, a su modo, otra manera de tenerlo. Sabedora de que es, el del olfato, uno de los sentidos que más poderosamente reactiva los recuerdos y vivencias personales.Después de arreglarse, se puso un vestido oscuro que había escogido del armario y que había dejado estirado sobre la cama. Le gustaba especialmente. Se sentía bien con el. Y por último lo reservaba para ocasiones extraordinarias. Luego, caminó con sigilo hasta la cocina tratando de no despertar ni a su sobrina ni a su hermana. Era bien temprano aún para ellas y además era sábado. Se calentó un gran vaso de leche y con su bolso pastillero se volvió a su cuarto. Allí, colocó el bolsito sobre la mesa y después vació todos los frascos. Un revuelto de pastillas diferentes quedó sobre el pequeño mantel. Luego, entre sorbo y sorbo, se sentó a contemplar una vez más el espectáculo. Siempre era del mismo modo. Nunca entendió como era posible que tantos pájaros pudieran alojarse en la copa del árbol. Observó una vez más el despertar a la vida. Abrió el ventanal un poco para que el sonido le llegase más nítidamente. No recordaba con exactitud cuando fue la primera vez que se dio cuenta de este comportamiento. Pero los pequeños gorriones iban saliendo -no tumultuosamente como cualquiera podría pensar-. No. Bastaba con prestar atención para ver como, a pequeños intervalos, un breve piar de uno en solitario era la señal para que echasen a volar entre ocho y diez de ellos. Así hasta quedar desalojado en su totalidad. Las cuadrillas, conforme partían se quedaban acicalándose en los aleros de los edificios próximos. Hasta que en un momento dado, salían en estampida por grupos, ahora mucho más numerosos. Y solo volverían a aparecer a la puesta del sol, para buscarse de nuevo cobijo entre las ramas protectoras del árbol. Haciéndolo tan ordenadamente como a la partida, para pasar la noche. . . la noche. . .






-Intenté hablar contigo la pasada semana –le dijo Sara tras saludarlo al otro lado del teléfono-. Pero me indicaron que estabas de viaje. Decidí esperar tu regreso para contártelo: ¿sabes? enterramos a mi tía mientras estuviste fuera –terminó diciendo.
-¡¡ Dios.... !! Casi se han ido juntos –exclamó Pablo sorprendido por la noticia.
Quedaron en verse sobre las cinco, en la puerta. Pablo compró un ramo de rosas blancas de diminutos capullos entreabiertos en la floristería que había a la entrada misma del cementerio. Cuando Sara bajó del taxi también traía otro ramo. Pero de claveles. Igualmente blancos. Les llamó la atención a ambos haber coincidido en el color. Él había mostrado por teléfono el deseo de llevar unas flores para depositarlas en la tumba de Blanca. Y ella se ofreció a mostrarle el lugar donde descansaba su tía. Pero necesitaba igualmente de Pablo para corresponder del mismo modo para con su tío Andrés.





Siempre y cuando no sea la Fiesta de Todos los Santos -o los días previos a la misma-, los cementerios suelen tener un silencio especialmente apacible. Mientras caminaban, tan sólo lo rompía la brisa al pasar por entre los cipreses enormes que bordeaban algunas de las principales avenidas, el suave y casi lejano trino de algunos pájaros, y el taconeo discreto que provocaban los zapatos de ambos al caminar. -Aquí es. Ya hemos llegado –dijo Sara mientras se detenía ante una lápida a la que aún no habían terminado de poner definitivamente el mármol con la inscripción prevista.
Pablo, agachándose, lívido y tan desconcertado como sorprendido, puso las rosas bajo los pies de una corona que casi empezaba a marchitarse ya por los días transcurridos a la intemperie. Luego, de pie, permanecieron ambos en silencio, respetuosamente. Pasados unos minutos, ella le sugirió de acercarse a la otra tumba, mientras le agarraba del brazo suavemente.
-No tenemos que movernos, Sara –dijo éste con la voz quebrada. La de mi tío es la tumba que está a su lado.








©narbona

domingo 17 de abril de 2011

enRED@dos...





El rítmico movimiento la despertó. Siempre tenía frágil el sueño. Y Julio lo sabía. Sabía que masturbarse en la cama, con ella durmiendo a su lado terminaría de ese modo. Pero a esa hora siempre tenía ganas. Y la erección que presentaba al amanecer no tenía parangón con las que tuviese a lo largo de la jornada cuando por cualquier motivo algo lo estimulaba. Esta mañana no pudo contenerse al tocarse –siempre lo hacía al despertar-. Ardía en deseos.

-¿Qué haces...? –le dijo dándose a medias la vuelta con cara de sorprendida. Soñolienta aún.

-Me masturbo…. ¿O es que no lo ves? –contestó desafiante.

Se levantó de la cama mientras ella mascullaba algo. Cerdo, fue lo único que le entendió. ¡Joder! Ni comes, ni dejas comer –exclamó ya en el baño, aunque por el tono y la puerta ya cerrada solo se escuchase a sí mismo. Terminó lo que había empezado entre las sábanas bajo el chorro de agua de la ducha. A estas alturas había llegado a la conclusión de que en su sexo mandaba él.

Tras afeitarse, se aplicó unas gotas de crema bajo los párpados para mitigar las arrugas. Aunque ella nunca decía nada, Julio tenía la percepción de que el gusto por el cuidado personal al que por último se entregaba la molestaba de alguna manera. El estereotipo de que las mujeres los prefieren amén de sumamente aseados, cuidadosos en el vestir, parecía que con ella no funcionaba. ¿Tal vez porque sospechaba que todo esto era la punta del iceberg del nuevo mundo que él estaba descubriendo ahora, en su plena madurez? Quizás en el fondo todo esto no fuese sino un vano intento de él por recuperar el tiempo perdido. De lo que no cabía ninguna duda era que por último su aspecto físico había mejorado notablemente fuera lo que fuese lo que lo motivase.

El café recién hecho por él estaba caliente. Humeante. Le gustaba tomarlo así. De pié frente a la ventana y sin terminar aún de vestirse. Mientras daba sorbos pequeños a intervalos no exentos de ritmo, para que no se le enfriase demasiado, contemplaba a través de la ventana de la amplia cocina el despertar de la ciudad a su actividad frenética diaria.

Pensó en el mucho tiempo que hacía que no lo hacían. En algún momento, tiempo atrás, la puso a prueba: Veremos cuanto tardas en requerirme tú a mí –se dijo. Y esperó. Pacientemente. Se aburrió en la espera. Y llegó un momento en que él dejó de llamar a su puerta. Pero ahora estaba cansado. Cansado de practicar el sexo en solitario y a escondidas, como si fuera un adolescente. Cansado de recurrir en el fragor de la madrugada a ver pornos para calmar su deseo cuando le apremiaba. Durante demasiado tiempo había sido así. Ahora empezaba a tener la percepción de que las cosas no tenían por que ser de ese modo. Que quizás no se trataba tanto de la tan traída y llevada argumentación de que hombres y mujeres tenían una sexualidad muy diferenciada. Simplemente, empezó a pensar que no había encontrado a su media naranja en lo tocante al sexo. A la horma de su zapato. A su complemento adecuado.

Quizás el mayor problema de los tíos –pensaba mientras frenaba por el semáforo en rojo-, había sido siempre la falta de confidencias con otros tíos, o con los propios amigos. Pareciera que cualquier dato que se dejasen caer les pudiera hacer más vulnerables ante sus conocidos. O tal vez a sentirse un poco idiotas. Vete a saber.

Hasta ahora. Porque Internet le había dado un vuelco a todo. Desde el más estricto de los anonimatos podías hablar de lo más íntimo con cualquiera. La interactividad era la clave. Y habló. Y mucho. Descubrió que le era mucho más fácil tirarle los tejos a un tío que a una mujer. Admitiendo que de alguna forma se acercaba a la verdad el comentario que escuchó a uno de los compañeros de la central, experto en eso de bucear por la red de incógnito y con diversos disfraces. Al parecer no iba del todo mal encaminado. El individuo sostenía que cada sexo conoce y entiende sus propias claves eróticas y sus necesidades mejor que el opuesto. Y que al igual que una mujer sabe mejor que nadie qué hacer para dar placer a otra, con los hombres pasaba lo mismo. Así fue como se inició en el mundo de las conversaciones sobre asuntos que le importaban, con la gente más variada, a través de ese enorme tinglado de comunicaciones que formaba internet. Exploró campos. Y así fue como conoció a Raúl_28 en un Chat al que entró movido por la curiosidad. Semáforo en verde. Pitadas para que arranque. Vale… vale… ¡Joder, que prisas!

La primera vez que éste le picó, mientras fisgoneaba las conversaciones no privadas, Julio se apresuró a apuntarle que tenía más edad que él, pensando que tal vez no le interesara hablar con alguien que le sobrepasaba en años. Rápida y agradablemente, Raúl le manifestó que para mantener una buena conversación la edad no era, al menos para él, el factor principal ni determinante. Al margen de que solía sentirse especialmente cómodo y más a gusto con la gente mayor que él, tenía la convicción de que la madurez no iba las mas de las veces en consonancia con la edad cronológica de los individuos –le indicó con la sabiduría propia de quien posee una cabeza bien amueblada.

Conectaron a la perfección. Poco a poco y después de un tiempo en el que se hicieron frecuentes los encuentros por la pantalla del ordenador, entraron en el terreno de las confidencias personales. Y un cierto afecto se iba instalando en Julio por la persona de Raúl. Quizás supliendo, de alguna manera, el que empezaba a echar en falta en casa. Y lo que era mejor: sentía que a Raúl le pasaba algo similar. Pero lo que más le seducía del joven era la buena química que existía con él a la hora de mantener conversaciones con alto contenido erótico. Ambos se engancharon a esa dinámica. Sobre todo a raíz de aquella tarde en que Raúl le espetó –Me pones tanto que me estoy masturbando tío-. Yo también tío. Yo también –contestó Julio. Inexorablemente eso marcó un punto de inflexión que les enganchó más aún.

Abrió la puerta. Le gustaba la sensación de ser el primero en aparecer. Llegar cuando aún nadie había hecho acto de presencia y sentirse dueño y señor de todo el espacio que comprendía la oficina. Mientras se activaba su ordenador, levantó persianas y abrió ventanas para ventilar y refrescar el lugar. Luego, como cada mañana, lo primero que hizo fue abrir su cuenta privada para ver el correo. Porque además de chatear con Raúl desde la oficina -siempre por la tarde que era cuando menos personal y actividades había-, mantenía una asidua correspondencia electrónica con él. Esta mañana tenía un solo mensaje suyo: Estaré conectado a partir de las 11:00 ¿podrías conectarte tú? Besos -era lo único que decía.

Aproximadamente a esa hora, y mientras intentaba a duras penas seguir la actividad programada en su agenda, intentando concentrarse en un informe que le habían pasado, sintió el agradable y familiar tintineo de su pantalla indicándole la entrada de Raúl.

-Hola. Buenos días. ¿Te interrumpo? –escribía éste.

-Bueno, ando algo liado. Pero tranquilo. No te preocupes. ¿Qué sucede? Sabes que habiendo tanta gente en la oficina no me gusta hablar por aquí. –le contestó.

-Antes que nada: Ayer me lo pasé en grande. Bueno.... lo pasamos bien. ¿No? –vuelve a escribir Raúl.

- Yo, sí. –le confirma Julio rotundo.

-Sabes siempre qué teclas tocar para ponerme muy cachondo –insiste Raúl.

-Bueno… tampoco tú te quedas atrás en esa cuestión –le indica Julio.

-No me corrí: me desparramé –dice Raúl.

- Jejejeje... Yo también. Fue bueno. Y lo sabes –añade Julio.

-Lo sé. ¿Te imaginas como puede ser hacerlo de verdad? En serio: ¿aún no quieres que te de mi móvil y me llamas? –insiste Raúl.

-No. Nada de teléfonos –escribió Julio. Pensaba que si ya era grave mantener una relación a escondidas, más lo era que esa relación fuese entre dos personas de igual sexo, como era el caso. A pesar de la confianza que Raúl le profesaba, no terminaba de tener claro eso de darle su principal fuente de localización. Sabía que haciéndolo se iba a sentir constantemente vulnerable. Y esa inseguridad relacionada sobre todo con su esfera laboral era algo que no llegaba a amasar por más vueltas que le daba.

-Está bien. Puedo entenderlo. Ya se que estás casado. Pero quiero verte. Sentirte. Estoy deseando tocarte, tío –suplica Raúl.

-Pero... ¿y si no nos gustamos? ¿Y si la química que por aquí tenemos no se da luego en persona? Temo mucho esa cuestión –teclea Julio.

-Tranquilo. Te gustaré. Ya lo verás. Fijo que sí. Pierde cuidado. –contestó Raúl.

-Además, ¿cómo hacemos para vernos? No sé si estoy preparado para esto....

Julio cortó la conexión bruscamente. En cuanto vio venir a Alicia acercándose decididamente a su zona de trabajo. Es posible que fuera una reacción algo infantil por su parte. Pero quien no tiene alguna al cabo del día –se justificó algo más tarde al pensar en ello. Fue algo instintivo. Automático.

Después de revisar con ella un par de asuntos pendientes, pasaron a una reunión que le mantuvo ocupado y rodeado de gente prácticamente toda la mañana. En cuanto tuvo un resquicio abrió nuevamente el messenger a sabiendas de que Raúl no estaría ya conectado. Sin embargo comprobó que tenía un nuevo mensaje de él. Le explicaba que había estado esperando un rato pero que tenía que salir. Que en realidad había querido chatear con él porque tenía una propuesta que hacerle. Disponía de sitio. Y con la discreción que creía que Julio precisaba. Le daba una dirección en donde le esperaría hasta las ocho de la tarde como mucho. No tendría que preocuparse. Era el apartamento de un colega de carrera que le había dejado la llave y que estaría en su pueblo durante toda la semana. Vente... por favor –terminaba suplicante Raúl. Y subrayaba la palabra por favor.

Tomó nota de la calle y del número y lo introdujo en su cartera. Aún cuando no tenía ninguna seguridad de que fuese a ir, dado lo poco amante que era de introducir imprevistos en su agenda mental diaria, el mero hecho de anotarlo en un papel era un indicativo de su predisposición a hacerlo. Descubrió una nueva soltura, un cambio de actitud más fresco y espontáneo, solo por ese detalle, en su comportamiento.

-Oye, no iré hoy a comer -le indicó a su mujer por teléfono desde su mesa. He quedado con un cliente. Estaré ocupado toda la tarde. Nos vemos a la noche –terminó diciéndole.

-Ah, pues muy bien. El niño tampoco viene. Llamaré a Marga. No me apetece comer sola hoy. Además, mira por dónde podré ver la película que quiero. Te dejo. –respondió ella colgando. Tono final seco, cortante.

Se dejó recostar en su sillón con la mano en la frente apoyándose en el brazo del mismo. ¿Cuando fue que empezaron a ir mal las cosas entre ellos? –se preguntó Julio algo decaído. Por el tono de su voz podía imaginar su cara. Y su pensamiento. Ya casi siempre el método de comunicación entre ellos eran las frases punzantes de ella -que siempre sabía dónde apretar para que el destrozo fuese más dañino-, y los silencios con el ánimo derrotado de él en el mejor de los casos. En un intento de no entrar en el juego. De dejarlo estar. Hacer como que no había oído nada. Pero ella sabía siempre cómo conseguir bajarle la autoestima a niveles ciertamente insoportables por último.

Salió sobre las dos y algo. Alejándose un poco de las cafeterías del entorno de la oficina, por lo general frecuentadas tanto por los conocidos de su mundillo laboral como por sus compañeros. No le apetecía para nada que nadie le distrajese con ninguna conversación a la que a buen seguro no iba a prestar atención. Conocía bien ese aspecto de sí mismo. Y cuando algo le preocupaba se abstraía con suma facilidad. Tarde o temprano su interlocutor hubiese notado su evasión de la conversación. Lo siguiente serían preguntas del tipo “¿te pasa algo?”. Con la consiguiente incomodidad por su parte por tener que dar explicaciones falsas. El era así. Su cara era siempre fiel reflejo de lo que aconteciera en su interior. Estaba nervioso sólo de pensar que en cualquier momento se produciría el tan temido como deseado encuentro.

Agradeció al entrar la bocanada de frescor proporcionada por el aire acondicionado. Aunque no recordaba haber entrado nunca en aquel local, le gustó más que nada porque había la gente suficiente para pasar inadvertido sin que el número de personas fuese tanto que le agobiase. No era capaz de ingerir algo superior a un simple bocadillo. Aunque no era persona de comer de bocadillos. Pero la ansiedad le trastocaba el apetito. Se decidió por un Pan de la Casa. Más ligero y al menos no era un plato frío. Jamón serrano sobre unas rebanadas de pan tostado en el instante, impregnado de tomate natural y un chorreón de aceite. Mientras sorbía la cerveza helada, se fijó en dos chicos sentados en una mesa algo distante a la barra donde él estaba sentado sobre un taburete. Justo en ese instante vio como uno de ellos se levantó como para marcharse. Se aproximó al otro y deposito un suave y cariñoso beso en sus labios. Ese simple acto de ternura le hizo recordar el tiempo que hacía que no lo sentía sobre sus carnes. De la primera sensación de tristeza momentánea pasó de pronto a decidir que se vería con Raúl. Pensó que en breves momentos quizás él estaría rozando sus labios. Le apetecía. Tanto, que notó que el corazón le palpitaba aceleradamente. Sus dudas se disiparon definitivamente.

Aún cuando habían caído por la mañana las primeras gotas de agua anunciando el fin del verano, y el cielo mostraba a primeras horas de la tarde el genuino encapotamiento gris plomizo, propio de Septiembre, seguía haciendo un calor insoportable.

Mientras pagaba al taxista desde la parte trasera del vehículo, no dejaba de mirar hacia fuera. No había querido dar la dirección exacta para no parar justo en la misma puerta del lugar indicado por Raúl. Así, caminando le daría tiempo a tomarle el pulso a esa zona. Era una parte de la ciudad que jamás frecuentaba aunque le era conocida de pasar alguna que otra vez con el coche. Tenía el suficiente bullicio callejero –a pesar de la hora-, como para pasar completamente inadvertido, su auténtica obsesión. En cuanto vio el número del edificio de apartamentos que buscaba se acercó con aplomo. Justo en el instante en que miraba el pulsador se abrió la puerta. Un chico salió de su interior. Momento que aprovechó para entrar. Ascensor con nervios. Cuarta planta. Temblaba interiormente. En el rellano, silencio. Comprobó la nota de su puño con la dirección, no fuera a equivocarse. Delante de la puerta duda de nuevo. Finalmente pulsa. El eco del timbre le hace pensar que el piso no debe tener demasiados muebles por lo a hueco que suena. El típico apartamento estudiantil –imagina. Mientras siente que el estómago se le llena de mariposas, unos pasos firmemente decididos se acercan hasta abrir la puerta de un tirón.

-¡¡¿Nacho?!!

-¡¡Papá...!!

©narbona

domingo 10 de abril de 2011

Del desamor...

Foto: behance


Entre mis manos, tu rostro
Si mis pulgares, te secan

Con mi sonrisa te calmo
Y con tu mirada, te enseñas

Llanto que risa es también
Risa que sello con besos

Pásame tu tristeza…
Pa descargarte de ella.

©narbona



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lunes 4 de abril de 2011

Si los espejos hablaran...

Foto: Pазговор




Si los espejos hablaran,
que hablan,

en las memorias,
que quedan,

te dirían
que somos dos

multiplicando placeres
que repetir se quieren

de deseos potenciados
que desatan sus reflejos.

Si los espejos hablaran,
que hablan,

te dirían
que somos cuatro.

Que por vernos duplicados,
que nos vemos,

sofocamos calenturas
por susurros desbocados.

Si los espejos hablaran,
que hablan,

te dirían
que somos dos.

Y también
que somos cuatro.

Que tan solo somos uno
cuando abrazados estamos.


©narbona

miércoles 8 de diciembre de 2010

Furtivos...

photo: Jazz | photographer: Лиза





Cuando conmigo estás,
el tiempo huye a esconderse.
Los susurros se hacen dueños.


Cuando conmigo estás,
anochecen las persianas.
Y enmudece hasta el silencio.


Miradas que tranquilizan.
Abrazos que dicen todo.


Entre penumbras,
con besos furtivos, me tienes


Entre las sombras,
con besos ansiados, te tengo


Cuando conmigo estás,
nos sobra todo disfraz.
La ropa, alfombrando el suelo.


Las pieles se reconocen.
Más buscan senderos nuevos.


¡Ay, tormenta de jadeos!
Antesala de temblores.
Preludio de lluvias blancas.
Vestíbulo del sosiego.


Y es que,
tiemblo por no encontrarte.

Pero… tiemblo más cuando te tengo.



©narbona

jueves 25 de noviembre de 2010

Mundos paralelos...

Foto: Tony Pramudya Mahendra




Se despertó. Pero al hacerlo Nicolás supo que no tenía fuerzas ni para comprobar qué hora era en el reloj fluorescente de su mesilla. Sentía como si un camión le hubiera pasado por encima. Pero lejos de notar dolor, lo que percibía eran restos de pulsiones placenteras. Sabía que había tenido un orgasmo. Y por lo mojado que estaba, sospechó que podría haber tenido el orgasmo más increíble de su vida. Aquello no era una simple polución nocturna propia de adolescentes. También hacía mucho que eso quedó atrás. Ladeó lentamente su cabeza hasta comprobar que ella estaba dormida profundamente a su lado. Y nada podría haber hecho pensar que había participado en la fiesta. Una cosa tenía claro: la humedad que se tocaba por todas partes, y subrayo lo de todas, era semen licuándose tras dejar de ser viscoso. No recordaba nada. Presa de la incertidumbre, tiró de la sábana para cubrir su habitual desnudez y permaneció quieto. En silencio. Mirando la oscuridad.

Hay cosas de las que no nos atrevemos a hablar. Decirlas de viva voz puede llegar a hacernos parecer ridículos. Y llegar a poner en jaque y en entredicho la mayor o menor fama que podamos tener de personas sensatas y con la cabeza razonablemente bien amueblada. Por eso no se mencionan. Pero están ahí. Porque no por no mencionarlas dejan por ello de existir. Formando parte de lo que somos. Determinándonos.

Su primer trabajo pagado consistió en hacer encuestas sobre hábitos de consumo en la población para una empresa privada. La selección de las viviendas a visitar seguía un rígido patrón protocolario. Y aquel trabajo le permitió constatar que personas que vivían a escasos metros unas de otras, separadas a veces por un simple rellano de escalera, se comportaban y así vivían con cánones tan dispares entre sí que pareciera que vivieran en mundos bien diferentes. Llegó a la conclusión de que probablemente hubiera muchos mundos. Juntos en el tiempo. Paralelos, porque no estaban revueltos. Y ese paralelismo lo trasladó para definir, y de algún modo hacer comprensible –al menos para sí mismo-, aquellas cosas que formaban parte de un mundo oculto del que nunca hablaba.

Sin embargo, había un episodio más reciente. No hacía tanto que sucedió. Cuando estuvieron a punto de operarle sin que al final llegaran a hacerlo. La víspera, una de esas presencias se acercó hasta él y depositó un beso sobre su frente de una forma absolutamente amorosa. Casi maternal, se podría decir. A partir de ese mismo momento, una paz interior le embargó hasta quedar eliminado todo temor a entrar en el quirófano. Sus nervios desaparecieron definitivamente.

A estas alturas, no tenía ninguna duda de que ésta, llamémosla “especial sensibilidad” para captar algunas cosas que no son para nada normales, para presentir, la heredó de su madre del mismo modo que uno puede heredar el color de los ojos o la forma de caminar. Siempre recordaba cómo lo contaba cuando le sucedía. Decía que ella notaba como se sentaban en su cama. Y que al incorporarse y encender la luz, no había nada ni nadie en la habitación. También era conocida entre los familiares cercanos su facultad de olfatear cuando iba a ocurrir algo en el entorno inmediato.


Fuera como fuese, Nicolás siempre sabía cuando iban a hacer acto de presencia. Tal vez porque el dormitorio, al encontrarse justo al fondo de la casa, y al final de un pasillo, hacía que un sexto sentido le hiciera mirar no sin cierto resquemor al otro lado del mismo a veces, y solo a veces, cuando iba a acostarse. Y aunque para que ellos apareciesen no era preciso que se diese tal circunstancia, lo que peor sobrellevaba era el tenerse que quedar sólo en casa a dormir. Cuando esto sucedía, retrasaba hasta lo indecible la hora de irse a la cama.

-¿Anoche me escuchasteis gritar? –preguntó en mitad de un momento de silencio del almuerzo.

-Si –le responden.

-¿Y…? –interrogó.

-Soñabas. –afirmaron casi al unísono.

-No. No estaba soñando. –les dice. Le miran. Cara de sorpresa. Cara de no saber por dónde va en su comentario.

-Mirad –prosigue mientras les mira sucesivamente a los ojos. Es la primera vez que cuento esto a alguien. Pero hay una fase, llamémosla así, del sueño en la que soy plenamente consciente. No estoy dormido. Pero en la que sin embargo ni el más pequeño de los músculos de mi cuerpo atiende a cualquier orden que dicte el cerebro. Siento como una parálisis generalizada me impide conectarme con lo que me rodea. A continuación el pánico comienza a hacer presa de mí. Porque estando, no soy. Y, porque es en ese estadio en donde suele suceder lo que viene después. La aparición de formas más o menos humanas -de apariencias algo etéreas-, y que suelen comportarse según el caso.


-Anoche sucedió. Y me entró el pánico. Eran más de una. Y los saltos que daban en la cama llegaron a provocarme terror por el zarandeo al que sentía me estaban sometiendo –les dice mientras calcula sus reacciones.

-Con el tiempo –prosigue-, he llegado a desarrollar una fórmula para dejar ese estadio en que soy y me siento muy vulnerable: g r i t o. He conseguido poder llegar a gritar. Y a partir de que lo hago, todo cambia. Mis músculos empiezan a obedecerme. Recupero del todo las riendas de mi cuerpo. Y ellos desaparecen. De ahí el grito de anoche.

-¡¡ Joder ¡¡ -responde el chico más sorprendido que antes.

-Cambiemos de conversación –dice su mujer.

Y mientras seguían comiendo, las noticias en televisión adquiriendo mayor relieve, y entrando en otras conversaciones de índole bien diferente, Nicolás se preguntaba para sus adentros qué había sucedido la noche anterior en el dormitorio. Hasta donde acababa de contarles a su mujer y a su hijo era cierto. Los saltos de “ellos”. Su pánico. El grito. Pero aunque la conversación no hubiese acabado de la forma en que acabó no iba a contarles que volvió a dormirse, si, pero no sin antes dejar su cuerpo al desnudo retirando las sábanas en medio de la oscuridad más absoluta. Desafiándoles. Adoptando posturas tan lascivas como provocadoras. Mientras con el pensamiento gritaba pidiendo que lo hicieran gozar. Aquí estoy. ¡¡Vamos!! ¿Qué esperáis? -repitió hasta la saciedad en su mente, mudos sus labios, mientras continuaba moviéndose tan lenta como seductoramente se tocaba…


Y es que… Hay cosas de las que no nos atrevemos a hablar. Decirlas de viva voz puede llegar a hacernos parecer ridículos. Y llegar a poner en jaque y en entredicho la mayor o menor fama que podamos tener de personas sensatas y con la cabeza razonablemente bien amueblada. Por eso no se mencionan. Pero están ahí. Porque no por no mencionarlas dejan por ello de existir. Formando parte de lo que somos. Determinándonos.


©narbona

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